UN PROSPECTO DE LADRÓN CON CEREBRO COMPASIVO

Por Clara Ospina

Caminaba de regreso a mi casa, feliz después de mi clase de rumba, escuchando música con mis audífonos y cantando como si no hubiera nadie alrededor, cuando se me acerca un hombre en sus 20’s, en plan… ¿tienes la hora?, o… ¿sabes dónde encuentro una farmacia?, pero en cambio dijo… “entrégueme el celular o le pego un tiro”, poniéndose la mano en la parte de adelante del pantalón como si llevara escondida una pistola.  A mí me dio tanto desconsuelo de pensar que me quedaba sin celular, que le dije varias veces: “no por favor no me robe el celular” y el repitió, “entréguemelo ya o le pego un tiro ya”, y yo, sospechando que no tenía pistola, intenté levantarle la camisa para ver que tenía debajo, al mismo tiempo que decía, “muéstreme con que me va a disparar”.

Supongo que lo que decía y hacía se salió de lo que el prospecto de ladrón esperaba. Echándose para atrás, me gritaba “entréguemelo, entréguemelo”.  Yo como si negociara con alguien conocido le dije: “espéreme yo le quito la tarjeta, porque ahí tengo todos los contactos y le entrego el celular”, a lo que él respondió, “entonces deme si quiera 50 mil pesos (15eu aprox.)”.  Mientras que sacaba mi billetera, pensaba.. “joder, hoy que no llevo dinero”.  Abrí la billetera y le dije “llévese todo lo que tengo” y le entregué 22 mil pesos (8eu aprox).  El prospecto de ladrón salió corriendo y me gritaba “lo siento mucho, perdóneme, yo no le quería hacer daño”, como yo sólo le miraba y no contestaba, paró a lo lejos y me gritó: “¿me perdona?” y yo conteste: “si, tranquilo, váyase que no pasa nada”. Casi le doy las gracias por no robarme el celular.

Me dí la vuelta y sentí las piernas temblorosas y se me salían las lágrimas mientras llamaba a Sergio, mi esposo,  desde el celular que no me habían robado, para desahogarme y para pedirle apoyo moral.  Paré en una tienda para calmarme, les conté lo que había pasado y a nadie pareció importarle, así que seguí caminando y tres calles más abajo, me encuentro a un ciclista y dos hombres en un carro peleándose, casi al punto de golpearse.  Seguí caminando y vi que había dos policías a una calle y entre varias personas les llamamos para que vinieran a ayudar al ciclista.  Uno de ellos se acercó al lugar del conflicto y yo me quedé en una esquina hablando con el otro policía explicándole lo que yo creía que estaba pasando, cuando veo que mi prospecto de ladrón compasivo venía caminando hacia nosotros.  Me quedé mirándole fijamente y dije sin pensar que quien me acompañaba era  un policía, “yo creo que ese hombre que viene allí, me atraco hace un rato”.  Tan pronto lo dije, el policía salió a cogerlo y el hombre se quedó quieto, ni siquiera intentó correr o hacerse el loco.  Se quedó mirándome y se dejó atrapar del policía.

Aquí empieza el dilema moral.

Para mí, él me había atracado.  Me amenazó de muerte y se llevó el dinero que tenía en la billetera, aunque al mismo tiempo le estaba agradecida por no llevarse el celular, me había pedido perdón y yo le había perdonado.  El muchacho insistía en que él me había pedido dinero y yo se lo había entregado voluntariamente y me pedía insistentemente que le colaborara, que no denunciara.  Me recordaba que no me había hecho nada y que me había pedido perdón. Yo no sabía qué hacer, la conciencia social me decía que había que denunciar porque el que rompe la ley debe asumir las consecuencias y por el otro lado pensaba… no me robó casi nada, no llevaba pistola y además de todo eso, me pidió perdón y yo le dije que no pasaba nada.

Sentía que denunciarlo era romper mi palabra, jugarle sucio,  tener más mal corazón que él.  Yo le pedí que no me robara el celular y él no lo hizo, ahora el me pedía que no lo denunciara y yo… no sabía qué hacer, así que pedí el comodín de la llamada telefónica y expuse mi caso. Después de una corta conversación telefónica con mi apoyo moral (Sergio), desde el celular que no me robaron, decidí que denunciaba y me montaron en un carro de policía hacia La Fiscalía, con el prospecto de ladrón esposado en la parte de atrás.

Durante las dos horas que me dejaron esperando para tomarme declaración, yo seguía con mi dilema moral, llamando a Sergio para tratar de resolverlo.  El hambre y la falta de dinero para comer y la preocupación de como volver a casa, me hacían pensar que era correcto denunciar, por la inseguridad y los derechos y bla, bla, bla, bla y luego volvía a pensar lo que le podía pasar a este hombre si yo lo acusaba de ladrón.

Cuando me llamaron a declarar, un policía me dice que el prospecto de ladrón está muy, muy, asustado, llorando, que tiene miedo de perder su trabajo y que si quiero puedo hablar con su mamá para que ella me diga que él es una buena persona y que sólo cometió un error.   Quería salir corriendo y que me borraran mágicamente las últimas tres horas de mi vida.  Me sentí la persona más mala del universo denunciando a un hombre que tuvo compasión y atendió mi pedido de no llevarse mi celular.

Entre unas cosas y otras, me dijeron que tenía la opción de declarar y no denunciar.  Que el hombre ya había tenido un susto suficiente para escarmentar y que de todas formas como no tenía antecedentes, no tenía arma, sólo me había amenazado de palabra y sólo se llevó 20 mil pesos, saldría libre de todas formas.  Así que encontré la salida a mi dilema.

Declaré y no denuncié.

Espero sinceramente que este prospecto de ladrón, sea una buena persona confundida, que tomó una mala decisión y que el susto que tuvo hoy, haya sido suficiente para que se aleje del camino de la delincuencia.

El policía que me tomó declaración, me dijo que le parecían una tontería mis motivos para no denunciar, pero prefiero seguir confiando en la bondad de la humanidad, en la posibilidad de hacer nuevas y mejores elecciones cada día, en la capacidad de cambio de las personas, en la agudeza para leer los mensajes que te trae la vida, en la autodeterminación y sobre todo, prefiero seguir confiando en mis sensaciones y mis intuiciones, más allá de lo que mande lo establecido y dicten las normas.

Nunca sabré si hice mal o bien. Lo único que sé, es que hoy la vida nos dio una lección a este hombre y a mí.

 

 

Persona, Papá, Escritor y Psicólogo ColomboEspañol, Máster en Intervención Estratégica Breve y Experto en Intervención Transcultural. Actualmente reside en Medellín, donde atiende consulta particular y asesora diversas organizaciones

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