Honestos…¿Hasta dónde? -Tercera parte-

Estoy haciendo algunas disquisiciones e inquisiciones acerca de la honestidad y hasta dónde podemos conseguirla. Para una mayor contextualización te recomiendo que leas la primera y la segunda parte.

 

El problema de la verdad

Parece más o menos evidente que tenemos un problema con la verdad. Es probable que sea un concepto demasiado cerrado, demasiado absoluto, que exige demasiado; puede ser problema de las imposiciones morales que hemos colocado para regular las relaciones con los demás; puede ser que, desde un punto de vista pragmático, la mentira puede conseguir muchos resultados que nos evitan otros problemas por lo menos temporalmente.

Por supuesto, he escuchado eso de “hay que ir con la verdad por delante” pero la “verdad” es que eso sucede pocas veces comparada con la cantidad de mentiras, verdades a medias, omisiones, silencios hipócritas o cómplices, que los seres humanos utilizamos para relacionarnos.

Muchos negocios, muchas religiones, muchas relaciones de pareja, mucho de lo que hoy tenemos como insumos para relacionarnos con nosotros mismos y con los demás están basados en “verdades” de dudosa “veracidad”.

Ante la pregunta de si los seres humanos podemos ser honestos la respuesta es sí…y no. Intentar ver la honestidad como un absoluto que implica todas las áreas de una persona (lo que piensa, lo que dice, lo que siente y lo que hace) más las áreas sociales que construimos (pareja, familia, grupos sociales, país) durante todo el tiempo en que existe una persona impide que la respuesta sea positiva. En algún lugar, en alguna circunstancia, en algún momento, las personas mentiremos, a otras personas o a nosotros mismos, así que la respuesta es que los seres humanos no podemos ser honestos. Y teniendo en cuenta el absoluto de este concepto, sería más preciso decir, los seres humanos no podemos ser honestos en todas las circunstancias todo el tiempo.

Así que la honestidad es un asunto temporal. Podemos ser honestos en momentos concretos, con personas concretas, en épocas concretas de nuestra vida. Si esto es así, ¿qué sentido tienen los mandatos religiosos-espirituales que dicen que no debemos mentir? ¿No es una forma de control social para meternos dentro de una determinada doctrina como expresión de obediencia? ¿No es ir contra nuestra “naturaleza”?

El ideal de ser totalmente honestos, siempre, es una carga o una meta difícil de llevar o de conseguir. El no conseguirlo está asociado a fenómenos psicológicos como decepción, sensación de falsedad, despersonalización, falta de contacto interno con nuestros valores y nuestras experiencias. Me atrevería a decir que detrás de una gran mayoría de malestares psicológicos hay un problema con la verdad, de congruencia con nosotros mismos y lo que queremos, o con las demás personas y el cómo nos estamos relacionando con ellas.

Es difícil liberarse del imperativo absoluto del concepto de la verdad, porque si tu dices que sólo eres veraz en ciertas ocasiones, con ciertas personas y en ciertos tiempos, el resultado de esa ecuación es que no eres una persona honesta.

Si eres medio honesto la conclusión es que no eres honesto.

Mirémoslo así:

H = Honesto (absoluto)

DH = Deshonesto, falso, mentiroso

1/2H = DH

1/2DH = DH

Si decimos que somos medio honestos, o parcialmente honestos, el resultado será que somos deshonestos. Y el resultado es el mismo si decimos que somos medio deshonestos.

Visualice la siguiente situación:

Se encuentra con una persona que le apetece conocer y entablar una relación profunda, no superficial con ella. Esto le lleva a pensar que lo mejor que puede hacer es mostrarse “tal cual es”; así que estira su mano y dice: “Mucho gusto, Soy Sergio Montoya y soy medio deshonesto (o medio honesto o parcialmente honesto)”.

No sé qué pasaría después, pero ustedes pueden hacer algunas deducciones.

Dos detalles más al respecto de este asunto de la verdad y la honestidad:

  • Si yo estoy convencido que no se puede ser más que parcialmente honesto y así me presento, paradójicamente estoy diciendo una verdad, difícilmente refutable. Es decir, digo una verdad si digo que soy mentiroso. Esto es una antigua paradoja de la cual hablaremos más adelante que tiene que ver con Epiménides el cretense (originario de Creta, la isla más grande de Grecia).
  • La verdad, la honestidad, o sus antónimos, también hacen su aparición de acuerdo a las expectativas que tengo en las relaciones o las vivencias. Si mi expectativa es entablar una relación duradera con alguien, aparecerán otros requerimientos tácitos como la confianza y ésta sólo se puede construir a través de ser honestos. Si mi expectativa es una relación superficial, momentánea o esporádica, es muy factible que no le demos importancia al grado de honestidad que podamos mostrar en un primer momento. Esto podría explicar hasta cierto punto el grado de hipocresía disfrazada de cortesía y buenas maneras que aparecen en algunas circunstancias sociales protocolarias.

Dejemos por ahora el asunto. Comparte conmigo la respuesta a esta pregunta:

¿Cómo podríamos desarrollar un mayor grado de honestidad en nuestras vidas?

Persona, Papá, Escritor y Psicólogo ColomboEspañol, Máster en Intervención Estratégica Breve y Experto en Intervención Transcultural. Actualmente reside en Medellín, donde atiende consulta particular y asesora diversas organizaciones

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