Honestos…¿Hasta dónde? -Cuarta parte-

Esta vez, la cuarta parte de este tema será un poco más técnica, pero la creo fundamental para que demos más luces (o más sombras) sobre las implicaciones de la honestidad en nuestras vidas. Recomendamos la partes anteriores para una adecuada contextualización.

No podemos ser honestos porque somos seres perceptores

Ser perceptores significa que cada persona es un ser particular, subjetivo, que construye sus propios mapas y marcos de referencia a través de los cuales se mueve por su existencia. Esto significa, entre otras cosas que, vemos lo que queremos (o construimos) ver, escuchamos lo que queremos escuchar y así con todos los sentidos.

Esta idea no era muy popular hace unas décadas, pero hoy hay casi un consenso completo en el mundo científico, gracias, entre otras cosas, a los descubrimientos de la neurociencia. Puedes ver algunos sencillos ejemplos de cómo pasa ésto viendo las imágenes del siguiente enlace: 8 ejemplos de cómo tu cerebro engaña a tus ojos.

Son bastante conocidas las ilusiones ópticas que gracias a Internet se volvieron de dominio público y antes estaban reservadas a algunas clases en las carreras de medicina o psicología. Mira estos tres ejemplos:

¿Qué ves aquí?

 

¿Qué está pasando aquí?

Y una más…

 

A lo mejor necesitas más pruebas. Te dejamos este sugestivo enlace donde se reta a descubrir, a partir de un audio, si lo que se escucha es un orgasmo real o fingido. Éste es el vídeo resumen del estudio creado por un sitio llamado Librería de Orgasmos y donde si te apetece puedes subir el tuyo.
Si necesitas algunas pruebas más te invitamos a ver los programas de “Juegos Mentales” o “Brain Games” de las National Geographic, donde existen docenas de juegos que demuestran desde la neurociencia cómo nuestra percepción construye lo que experimentamos por los sentidos.

Tenemos aquí una discusión, que creemos que no vamos a solucionar en este pequeño escrito y tampoco es su propósito, pero sí me parece importante mencionarla. Este debate se refiere a si “fuera” de nosotros (más allá de lo que podemos atestiguar con nuestros sentidos) existe una “realidad real”, un mundo objetivo, que los seres humanos descubrimos o si no existe tal “realidad real” y lo que llamamos así no es más que una construcción de nuestro cerebro. En ambos casos el engaño que se puede generar por nuestro sistema perceptivo es más que evidente. Por un lado si hay una realidad objetiva externa, la neurociencia ha demostrado que nuestros mecanismos perceptores distorsionan esa realidad para que se acomode a las expectativas que el cerebro espera encontrar o es capaz de manejar. Por el otro lado, si la realidad no es más que una construcción de nuestro cerebro, todas las realidades son posibles, por lo que mi versión de un acontecimiento es tan válido como la versión de cualquier otra persona. Es un lío de gran envergadura y muchas vertientes de la ciencia y la filosofía seguirán debatiendo al respecto, así que dejemos constancia de esta situación.

Partamos del consenso de que cuando percibimos algo (de “fuera” o “dentro” de nosotros) reinterpretamos de alguna manera eso que percibimos, lo que hace que los conceptos de verdad o mentira, deshonestidad y honestidad, pueden empezar a perder sentido.

Una cosa es que yo de forma consciente diga una mentira y otra que, a pesar de que yo crea que lo que estoy experimentando es “real”, se trate sólo de una distorsión propia de mi particular manera de percibir.

Un ejemplo en este sentido puede ser aquel donde las personas nos hacemos ciertas ilusiones con nuestra imagen personal, viéndose reflejado en las redes sociales a través de las fotos de “colgamos” de nosotros mismos. Por un lado están muchas personas, con una dudosa belleza de acuerdo a los cánones impuestos por los medios de comunicación, que suben fotos que sugieren que ellas se ven muy bonitas. Y por el otro, personas que, siendo bellas de acuerdo a esos cánones, pretenden posicionarse como los únicos estándares de belleza posible. Está claro que los autoengaños están a la orden del día.

Más allá de nuestra intención de ser honestos, el cerebro acomoda nuestras percepciones para que se ajusten a sus necesidades y posibilidades dándonos una imagen de la realidad a través de la cual nosotros podamos movernos con cierto grado de familiaridad. Por otro lado es posible medir el efecto de la mentira en nuestro cerebro, pero me temo que estamos hablando de dos cosas diferentes. Cualquier medición que se haga a través de sofisticados aparatos neurológicos mostrarán determinadas configuraciones y si éstas evocan una determinada experiencia. Es más o menos lógico que si en un experimento me estoy concentrando en actos de bondad se activarán áreas específicas que no estarán presentes si se evocan escenas contrarias a éstas. Lo mismo pasa con la mentira. Si hacemos una medición de qué regiones se activan probablemente podremos descubrir a un mentiroso con un escáner cerebral, pero eso no determina el grado de engaño al que el cerebro nos somete para acomodar lo que percibe a sus particularidades.

Así que podemos decir que desde el punto de vista del procesamiento de experiencias y la reconstrucción cognitiva que el cerebro hace, no es posible ser honestos, ya que lo que nosotros vivenciamos y defendemos como nuestra experiencia puede no ser más que nuestra específica forma de percibir y de organizar dicha información.

Comparte con nosotros tus respuestas a esta pregunta: ¿Qué experiencias recuerdas dónde tú has visto o sentido lo que querías ver o sentir y luego has comprobado que se trataba de otra “realidad”?

Persona, Papá, Escritor y Psicólogo ColomboEspañol, Máster en Intervención Estratégica Breve y Experto en Intervención Transcultural. Actualmente reside en Medellín, donde atiende consulta particular y asesora diversas organizaciones

Leave Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *